“No me enamoré del dinero del póker. Me enamoré del pensamiento detrás de cada mano.” (Vanessa Rousso)
“La Mente que Apostó Contra el Mundo”
White Plains, Nueva York.
El 5 de febrero de 1983 , nacio Vanessa Ashley Rousso, trayendo consigo una mente que más adelante, haría temblar las mesas más duras del póker profesional. Por ahora, solo es una niña con dos pasaportes, uno estadounidense y otro francés pero con una curiosidad que no conoce freno.
A los tres años su vida da un giro: la familia se muda a París, la tierra de su padre, Marc Rousso. Allá aprenderá lo que significa el silencio de las tardes lluviosas y la disciplina de un sistema que no perdona el error. Pero el destino, como el póker, nunca se queda quieto. A los diez años, la niña de mirada intensa vuelve a cruzar el océano rumbo a Nueva York, y poco después, tras el divorcio de sus padres, se muda con su madre, Cynthia Ferrara, a Florida, buscando un nuevo comienzo cerca de sus abuelos maternos.

En Wellington High School, Vanessa no juega a medias. Se lanza a todo: natación, lacrosse, debate político, sóftbol, baloncesto, violín, voluntariado, clubes de honor. Todo lo domina. No es una exageración: termina el bachillerato con un promedio perfecto de 4.0, presidencia del Club Ambiental, y membresías en la Sociedad Nacional de Honor y la Sociedad de Honor Francesa. A su alrededor, la gente empieza a notar que no es solo una estudiante brillante… es una mente que parece programada para ganar. Su madre, consejera escolar, la mira avanzar con una mezcla de orgullo y advertencia. “Algún día te enfrentarás a tu Waterloo”, le dice, como si presintiera que su hija no sería una más, sino una de esas personas que caminan sobre la línea del riesgo con una sonrisa. Vanessa nunca se detiene. Y, hasta entonces, nunca cae.
En casa, comparte vida con sus dos hermanas menores: Tiffany, futura psicóloga, y Leticia, futura médica. Pero Vanessa tiene otra dirección en mente. Entra a la Universidad de Duke, una de las más prestigiosas del país, y la termina en dos años y medio —el tiempo más corto de graduación en la historia de la institución—. Sale de allí con una licenciatura en Economía, una especialización en Ciencias Políticas, y una obsesión que empieza a tomar forma: la teoría de juegos. El ajedrez y el cubo de Rubik caen pronto en su red, pero le saben a poco. Son predecibles, estáticos, demasiado limpios. Vanessa busca un campo donde la lógica se mezcle con la psicología, donde la estrategia se ensucie de humanidad. Y entonces lo encuentra: el póker. Un juego donde el azar es solo la superficie, y lo que de verdad importa es leer la mente de quien tienes enfrente.

En 2004, comienza Derecho en la Universidad de Miami con la misma intensidad que siempre. Es la primera en recibir la Beca Chaplin, entra en el consejo editorial de la Revista de Derecho de Miami, y se mantiene entre el 5% más alto de su clase. Pero algo está cambiando. Durante unas vacaciones de verano, decide participar en torneos de póker. No es una aventura: es el principio de una historia. El ambiente en su dormitorio es distinto ahora. Libros de leyes abiertos sobre la mesa, pilas de fichas, una laptop encendida con las luces del casino digital reflejándose en sus pupilas. Vanessa está cruzando una línea invisible. Juega en línea porque aún es menor para los casinos. Gana, estudia, vuelve a ganar. Poco a poco empieza a sentir que las cartas le ofrecen algo que los códigos legales no: libertad.
Despegue
En otoño de 2004, ya con 21 años, puede jugar en vivo. El Seminole Hard Rock Hotel & Casino está a un corto viaje en coche desde su residencia. Allí, en medio del ruido de las fichas y el humo denso del ambiente, compra su primera entrada para una mesa Sit & Go de diez jugadores. El primer premio: 250 dólares. La historia de “Lady Maverick” empieza ahí, casi como una broma del destino. Con esas primeras ganancias, se costea una entrada de $1500 para Atlantic City. Sale de allí con $17,500. No es suerte, es cálculo. Y con ese dinero paga su entrada para un torneo del World Poker Tour en el Bellagio de Las Vegas.
El 13 de junio de 2005, durante la Serie de Verano de No-Limit Hold’em, se sienta entre veteranas y leyendas, en el Evento #26 de la Serie Mundial de Póker, un torneo femenino de $1000. Termina en el puesto 45. No parece mucho, pero ese día la historia da su primera señal: Vanessa Rousso ha llegado al mapa profesional.
Detrás de esas primeras mesas, hay algo más grande en marcha. Nadie lo sabe aún, pero la joven de mirada precisa, gorra ajustada y auriculares en los oídos está a punto de incendiar el circuito. Lo que viene a continuación ya no será práctica. Será guerra.
“Lady Maverick: El Cerebro en la Tormenta”

A principios de 2006, Las Vegas vibra como una máquina viva. Las luces del Strip hierven, los dados chocan en las mesas y las cartas vuelan como cuchillas. En medio de todo ese ruido, aparece ella: Vanessa Rousso, ya convertida en algo más que una estudiante de derecho. Es la mente fría que empieza a ser temida en cada sala. El 12 de febrero de 2006, en Harrah’s Atlantic City, logra su primera gran mesa final en el Circuito WSOP, en un evento de $1,500 No-Limit Hold’em con 195 jugadores. Termina quinta. Pero lo que realmente sacude al circuito es el dato: con 23 años, se convierte en la jugadora más joven en alcanzar una mesa final del WSOP Circuit.
Ahí, entre aplausos y luces, nace oficialmente su alias: Lady Maverick.
El apodo no es casualidad. Surge porque, antes de este torneo, Rousso vendió acciones de sí misma para pagar la entrada de $25,000 a un evento, igual que la escena de la película Maverick con Mel Gibson. La jugada fue tan audaz que el nombre se le quedó pegado para siempre.
Desde abril de 2006, su calendario se parte en dos:
Martes a jueves, derecho.
Viernes a lunes, póker.
Y en cada espacio que queda libre, ofertas de patrocinio, viajes, entrevistas, decisiones. No hay tiempo para respirar.
Ese mismo año, en el Borgata Open, un evento de $5,000 con 173 jugadores, se lleva $285,450 por el primer lugar. Un título que la confirma como una profesional real, una amenaza para cualquiera. Antes de eso, ya había terminado séptima en el campeonato de $25,000 del World Poker Tour en abril, ganando $263,625, y había cobrado tres veces en la Serie Mundial de Póker 2006. No son cifras menores: Rousso está escalando a velocidad de vértigo, y todo el mundo empieza a notarlo. A finales de ese año, mientras muchos aún la ven como “la chica prodigio de Duke”, Vanessa ya es una estratega que mide probabilidades en fracciones de segundo. No improvisa, calcula. No sonríe por nervios, lo hace porque sabe que te está leyendo.
En 2007, el nombre Vanessa Rousso empieza a sonar entre los grandes. Ese año no solo gana: golpea la historia. En el Campeonato Mundial de Póker Online (WCOOP), un torneo con casi 3,000 jugadores, termina segunda y cobra $700,782.50, el premio más grande de su carrera hasta entonces. En realidad había quedado tercera, pero el ganador fue descalificado por violar los términos de servicio. Vanessa asciende un puesto, y su nombre inunda los foros, los titulares, las pantallas.
La gente ya no la llama solo jugadora. La llaman fenómeno.
Y mientras gana, también pelea por el futuro del juego. Ese mismo año, forma parte de la Poker Players Alliance, una delegación con más de 800,000 miembros que viaja a Washington D.C. para enfrentarse al Congreso. El objetivo: derogar la Ley de Control del Juego Ilegal en Internet de 2006, que estrangulaba las transferencias de dinero hacia sitios de póker online.
Allí está Vanessa, traje oscuro, mirada de acero, defendiendo que el póker no es suerte: es habilidad, mente y estrategia. Apoya la propuesta de Barney Frank para regular el juego y la de Robert Wexler para eximir del control al póker, el bridge, el ajedrez, el mahjong… juegos donde el cerebro manda más que el azar.
Mientras otros juegan por dinero, Rousso está librando una guerra por principios.
A finales de 2008, sigue rompiendo moldes. Termina 625.ª de 6,844 jugadores en el evento principal de la Serie Mundial, y suma tres cobros más en esa edición. Nadie duda ya de su talento, pero lo que realmente la hace diferente es su presencia: auriculares, gafas oscuras, gorra de diseñador, mirada cortante. En una industria dominada por hombres, Vanessa se convierte en símbolo, modelo y amenaza al mismo tiempo.
Y luego llega 2009.
El año que todo cambia.
El año en que Lady Maverick se convierte en leyenda.
2009
En marzo de ese año, en el NBC National Heads-Up Championship, un torneo de eliminación directa con 64 jugadores, Vanessa avanza como una fuerza imposible. En su camino deja atrás a Doyle Brunson, Phil Ivey, Paul Wasicka, Daniel Negreanu y Bertrand Grospellier. Uno por uno. Todos caen. Llega hasta la final y solo Huck Seed logra detenerla. Segundo lugar. Subcampeona. Pero el eco de esa actuación sacude el mundo. Por primera vez, una mujer llega tan lejos en ese formato.
Vanessa lo había hecho.

Y no fue solo suerte. Semanas después, gana el High Roller del EPT de Montecarlo con una entrada de €25,000, derrotando a 79 jugadores y embolsándose €570,000, unos $749,467. Es su mayor premio en vivo, y la consagra como una de las cinco mujeres con mayores ganancias en la historia del póker.
Ese mismo año, Sports Illustrated la incluye en su edición de trajes de baño. PokerStars mueve los hilos y la lleva a Bahamas para la sesión. En las fotos, aparece con la parte inferior de un bikini y la parte superior de un traje de neopreno recortado. “Fue una gran oportunidad para el póker en general y para mí en particular”, diría después.
Lady Maverick ya no era solo una jugadora. Era una marca.
GoDaddy la ficha como portavoz junto a Danica Patrick y Candice Michelle. Su rostro aparece en anuncios, su nombre en listas de las mujeres más atractivas del mundo del póker según Maxim y Bleacher Report. Pero detrás de todo ese brillo, sigue la misma mente que se graduó en dos años y medio, la misma que recita El arte de la guerra y enseña teoría de juegos a ejecutivas de Forbes en Las Vegas.
El 2009 de Vanessa Rousso es un huracán: títulos, portadas, campañas, dinero. Pero lo que realmente la define no son los flashes, sino su capacidad de mantener la calma cuando todos los demás se derrumban. En medio de los gritos, las cámaras y los torneos, ella sigue calculando, respirando, esperando.
Como si cada jugada fuera parte de un plan mayor.
“El Silencio Después del Ruido”
2010 amaneció distinto.
Ya no había que demostrar nada. No quedaban mesas que no la conocieran, ni cámaras que no la buscaran. Vanessa Rousso era oficialmente una estrella del póker mundial, pero también una mujer cansada de ver luces rebotando sobre fichas. Había pasado casi un lustro viviendo en aeropuertos, torneos, hoteles, sets de grabación. Entre una mano y otra, entre un vuelo y otro, empezó a preguntarse qué quedaba fuera de las cartas.
“En algún punto, dejas de jugar contra la mesa y empiezas a jugar contra ti mismo”, confesó años más tarde.
Y tenía razón.

En 2010, su relación con el actor y también jugador Chad Brown se volvió una historia de amor dentro del caos. Se habían conocido en el circuito, entre torneos y entrevistas, y juntos compartieron esa vida itinerante que pocos soportan. En la mirada de Chad, Vanessa encontraba un reflejo de calma, de algo que no se podía apostar. Se casaron, y durante un tiempo parecían invencibles, un dúo de intelecto y temple, de cartas y vida.
Mientras tanto, ella seguía cosechando resultados sólidos. En la Serie Mundial de 2010, volvió a cobrar, sumando más líneas a una carrera que ya superaba los 2 millones de dólares en ganancias en vivo. Pero más allá del dinero, algo en ella estaba cambiando.
“Siempre fui competitiva, pero también curiosa. No quería ser solo buena en el póker. Quería entender el porqué de todo”, dijo en una charla universitaria años después.
Su mente nunca se apagaba. Cuando no jugaba, enseñaba teoría de juegos, colaboraba en conferencias, escribía artículos sobre estrategia o mezclaba música electrónica en Miami bajo su alias Lady Maverick.
Sí, la misma mujer que analizaba probabilidades también componía beats.
Era como si su cerebro necesitara moverse en dos ritmos: lógica y caos.
En 2011, cuando el “Black Friday” del póker online golpeó Estados Unidos, muchos jugadores quedaron en la ruina o exiliados. Vanessa no.
Ella sobrevivió al colapso con la misma frialdad que mostraba en una mesa. Diversificó, enseñó, habló públicamente sobre cómo el póker debía reinventarse. En vez de esconderse, se volvió una voz del cambio.
Pero el destino tenía otros planes.
En 2013, su esposo Chad Brown fue diagnosticado con una rara forma de cáncer. Vanessa, lejos de las cámaras, dejó de aparecer en torneos por largos periodos. Su prioridad era otra.
Acompañó a Chad hasta el final, cuando falleció en 2014. Años después, cuando alguien le preguntó por él, solo dijo:
“Chad me enseñó a no dejar que la vida se mida por los torneos que ganas, sino por la forma en que los juegas.”
No hubo lágrimas en esa entrevista. Solo silencio.
El tipo de silencio que uno escucha después de perder una gran mano.
Tras eso, Vanessa desapareció casi por completo del circuito. Participó en Big Brother (2015), incursionó en proyectos personales, música, emprendimientos digitales. No necesitaba volver a probar nada. Había ganado su lugar en la historia.
A veces, cuando le preguntan si extraña las mesas, responde sin dudar:

“El póker fue mi espejo. En él aprendí quién era. Pero no todo lo que eres tiene que quedarse allí.”(Vanessa Rousso, es madre de dos gemelos)
Y así se apaga la escena.
Las luces del casino se disuelven, las cartas descansan, y solo queda la imagen de esa mente brillante alejándose en silencio, con la calma de quien ya ganó la partida más difícil: la de encontrarse a sí misma.








