“Disfruto de la tensión que conlleva. Creo que puedo manejarla muy bien en comparación con otros jugadores.” (De sus primeras entrevistas, sobre por qué el póker y las grandes partidas lo atraen tanto)
Antes de que existiera Trueteller.
Antes de las mesas de seis cifras.
Antes de Macao, Bobby’s Room y los duelos interminables.
Antes de todo eso, Timofey Kuznetsov era simplemente un niño distinto.
Antes De Que Existiera Trueteller
Nació y creció en la tercera ciudad más poblada de Rusia, Novosibirsk, en un entorno donde el talento no era una curiosidad, sino una responsabilidad. Su madre era doctora. Su padre, un hombre de negocios que había pasado por tiendas de música, alquiler de videos y jugueterías. Un hogar estable, exigente, donde el esfuerzo no se negociaba. Desde muy temprano, la brillantez de su mente se hizo evidente. No era solo bueno con los números. Pensaba diferente. Mientras otros resolvían problemas, él competía. Y esa diferencia lo llevó a uno de los escenarios más duros y prestigiosos del mundo académico: las Olimpiadas Internacionales de Matemáticas.

Para entender lo que eso significa hay que entender el contexto. En la antigua Unión Soviética, estas competencias no eran un evento escolar. Eran un proyecto de Estado. Los equipos se seleccionaban con años de anticipación. Los jóvenes eran entrenados, pulidos, presionados. Solo llegaban los mejores. Y Timofey estaba ahí. A una edad en la que muchos aún buscan su lugar, él ya representaba a una federación conocida por su rigor extremo. Esa experiencia no solo afiló su destreza matemática; le enseñó a competir bajo presión, a perder, a corregir, a volver más fuerte. Sin saberlo, estaba entrenando para otra arena.
A los 17 años dejó su ciudad natal y se mudó a Moscú. El destino: la Universidad Estatal de Moscú, uno de los departamentos de matemáticas más respetados del planeta. Allí estudió matemáticas y teoría de la probabilidad, rodeado de mentes excepcionales, en un ambiente donde la mediocridad no sobrevivía. Durante esos años, su camino parecía claro. Tenía una visión optimista del futuro. Imaginaba una carrera en el mundo financiero, acciones, fondos de cobertura. Participó en concursos de consultoría. Pensó seriamente en terminar en una firma como KPMG. Todo indicaba que ese sería su destino natural.

Pero la vida rara vez sigue líneas rectas.
Un día, un amigo le contó que había ganado una suma considerable jugando póker online en apenas unos meses. Para muchos, habría sido una anécdota curiosa. Para Timofey, fue una chispa. Vio algo más que cartas y apuestas. Vio probabilidades, decisiones incompletas, competencia pura. Cuando probó el póker por primera vez, la conexión fue inmediata. El juego le permitía unir todo lo que definía su carácter: matemáticas, teoría de probabilidades, lectura del rival y, sobre todo, competencia. No tardó en convencerse de algo que pocos se atreven a decir en voz alta: era posible dominar ese juego.
Con solo 19 años, el póker dejó de ser un experimento. Se convirtió en un plan. En un objetivo radical, casi arrogante: ganar 10 millones de dólares jugando póker online. No como sueño difuso, sino como meta concreta.
Depositó 25 dólares en PartyPoker.
Comenzó en mesas de un centavo, dos centavos.
Sin glamour. Sin atajos.
Seis meses después, había superado los 100.000 dólares. Para él, ese fue uno de los momentos más importantes de su vida. No por la cifra, sino por lo que confirmaba: el camino era real. En ese punto tomó una decisión definitiva. No trabajaría ni un solo día de su vida en un empleo tradicional. El póker sería su vehículo hacia el éxito.
Todavía no lo sabía, pero acababa de cruzar una puerta de la que no habría regreso.
El Alias
Trueteller no fue un nombre elegido para intimidar. Fue casi una declaración de principios. Timofey Kuznetsov no buscaba esconderse detrás de un nick; buscaba decir la verdad en la mesa, mano tras mano, a través de decisiones correctas. Mientras seguía cursando la universidad en Moscú, comenzó a tomarse el póker con una seriedad absoluta. Jugaba cash games online, estudiaba, analizaba y repetía. No había romanticismo en sus sesiones, solo volumen y disciplina. En pocos meses, su banca pasó de cifras pequeñas a 4.000 dólares, siempre mientras avanzaba en su carrera universitaria.
Todo parecía avanzar según lo planeado.
Demasiado bien.
Tras dominar los niveles más bajos, Trueteller se estableció con solidez en mesas de $2/$4 y $3/$6, manteniendo un winrate cercano a cinco big blinds cada 100 manos. Para muchos, ese habría sido un punto de confort. Para él, era solo una estación de paso. El siguiente objetivo estaba claro: los límites de $5/$10 y, más adelante, el no-limit $1.000.
Ahí llegó el primer golpe real.
Cada intento por subir de nivel terminaba igual. Pérdidas. Frustración. Sesiones donde sentía que el juego se le escapaba por detalles invisibles. No era una cuestión de banca, ni de miedo. Era algo más profundo. No estaba pensando el póker de la forma correcta.
Por primera vez desde que empezó, el talento no era suficiente.
La respuesta fue la misma que había usado toda su vida: estudiar más duro. Fue en ese proceso cuando se topó con los antiguos vídeos de entrenamiento de Phil Galfond, material que en ese momento circulaba como una especie de conocimiento reservado para unos pocos. Esos vídeos no le enseñaron trucos. Le enseñaron patrones de pensamiento.

“La mejor manera de jugar una mano de póquer es si puedes entender exactamente lo que pasa por la cabeza de tu oponente”. (El mismo comento lo que sintió, después de ver sus videos)
Años después, él mismo lo reconocería: esos conceptos le abrieron los ojos. Le hicieron entender por qué estaba perdiendo y qué estaba ignorando. Aun así, el progreso no fue inmediato. Pasó cerca de cuatro meses atrapado en esos límites, ganando poco, perdiendo mucho, mientras absorbía cada idea que encontraba.
Entonces ocurrió algo que parecía un obstáculo, pero terminó siendo una bendición.
Los exámenes finales de la universidad lo obligaron a dejar el póker por completo durante un tiempo. No fue una pausa estratégica. Fue una desconexión total. Mientras muchos jugadores abandonan sus estudios para “centrarse en el juego”, Timofey hizo lo contrario. Terminó los cinco años completos de su carrera, se especializó en teoría de la probabilidad y cerró definitivamente su etapa académica.
Cuando volvió a las mesas, algo había cambiado.
Regresó con una banca de 40.000 dólares. En su primer mes ganó otros 40.000. En el segundo, más de 100.000. En el tercero, volvió a repetir la hazaña. Al final del año, su capital había pasado de 40.000 a 1,7 millones de dólares.
No fue una racha aislada. Fue una confirmación.
La acción online en ese momento parecía infinita. Trueteller encontraba rivales todos los días en niveles de $100/$200, $200/$400 e incluso $500/$1.000. Jugaba sin descanso. Durante los siguientes 18 meses, solo hubo dos días en los que no se sentó a una mesa.
A los 22 años, había alcanzado el objetivo que muchos consideraban imposible: había ganado 10 millones de dólares jugando póker online.
Para cualquiera, ese habría sido el final de la historia.
Para él, fue el inicio de otra.
Diez Millones De Dólares
Cuando Timofey Kuznetsov alcanzó su objetivo de diez millones de dólares, no sintió alivio. Sintió límite. Había dominado el no-limit hold’em online en su formato más agresivo. Las mesas ya no le ofrecían resistencia real. Ganaba, sí, pero empezaba a repetir patrones. Para alguien como él, eso era una señal de estancamiento. Y el estancamiento siempre fue su mayor enemigo.
Decidió entonces ampliar su territorio.
Comenzó a jugar otras modalidades: deuce-to-seven triple draw, pot-limit Omaha, juegos mixtos. No como curiosidad, sino con la misma intensidad con la que había atacado el hold’em. La acción online, especialmente en Full Tilt, estaba en su punto más alto. Las partidas de grandes apuestas se extendían durante horas y los nombres más temidos del circuito coincidían con frecuencia. Durante un tiempo, el ecosistema online parecía infinito. Pero ese mundo empezó a encogerse. Las partidas se hicieron menos frecuentes, los rivales más selectivos, y la acción que realmente valía la pena comenzó a trasladarse a otro lugar.
Macao.
En ese momento, los casinos de Macao vivían una era dorada. Partidas privadas, apuestas altísimas y un entorno completamente distinto al del póker online. Para Trueteller, era el siguiente desafío lógico. No solo por el dinero, sino por lo que representaba: enfrentarse cara a cara, sin software, sin historial, sin refugios.
Allí ocurrió uno de los capítulos más importantes de su carrera.
Entre esas mesas apareció la posibilidad de enfrentarse en heads-up de juegos mixtos contra Phil Ivey, el jugador que muchos consideran el mejor de todos los tiempos. No era un reto publicitado. No era un espectáculo montado. Era una partida real, cruda, entre dos jugadores en la cima. Uno de sus amigos más cercanos, Rimov, estuvo allí y lo recordaría después con claridad. Para los jugadores jóvenes, Ivey era una figura casi mítica. No había programas de entrenamiento que prepararan para ese tipo de enfrentamientos. Timofey, además, no era un jugador de estudio obsesivo para ese formato. Su preparación fue simple y brutal: jugar. Practicar PLO. Jugar HORSE en el teléfono con amigos. Confiar en su intuición.

El duelo comenzó a finales de 2015 y no tuvo forma convencional. Sesiones de 25 a 30 horas. Breves descansos. Volver a sentarse. Día tras día. Semana tras semana. No era una guerra de una noche. Era un desgaste constante.
Contra todo pronóstico, Trueteller tomó la delantera.
Meses después, el resultado era claro: había vencido a Phil Ivey. No con un golpe final espectacular, sino sobreviviendo a una batalla prolongada contra alguien que había dominado la cima durante más de dos décadas.
Cuando un amigo le preguntó cómo se sentía tras derrotar a uno de los mejores de la historia, Timofey lo explicó con una comparación que lo definía mejor que cualquier estadística. Dijo que era como haber jugado al Mortal Kombat durante cinco años seguidos y, por fin, vencer al jefe final.
Había conquistado Macao.
Había vencido al mito.
Y con esa confianza, tomó una decisión que lo llevaría al entorno más hostil de todos.
El Mundo Parecía Más Pequeño.
Timofey Kuznetsov había probado algo que muy pocos podían siquiera imaginar: vencer a Phil Ivey en juegos mixtos, en vivo, lejos de las pantallas. Para muchos, ese logro bastaba para cerrar una carrera legendaria. Para él, fue solo otra señal de que aún había terreno por conquistar.
Ese terreno tenía un nombre que pesaba por sí solo: Bobby’s Room.
Las mesas privadas del Bellagio no eran un lugar para experimentar. Allí no se iba a aprender. Se iba a sobrevivir. En ese espacio se sentaban jugadores con décadas de experiencia, especialistas en lectura humana, ritmo en vivo y presión psicológica constante. No importaban los resultados online ni los enfrentamientos previos. Cada sesión era una prueba nueva. Trueteller entró con la confianza de quien venía de ganar donde casi nadie gana. Y salió golpeado.
Las primeras sesiones fueron duras. Pérdidas importantes. Decisiones que, en retrospectiva, no estaban mal desde un punto de vista técnico, pero sí desde un entendimiento más profundo del entorno. El póker en vivo, en esos niveles, no perdona la rigidez. Requiere adaptación instantánea, manejo del ego y una lectura que va más allá de las cartas.
Por primera vez en mucho tiempo, Timofey tuvo que aceptar una verdad incómoda: no estaba listo para dominar ese ecosistema.
No fue una bancarrota. No fue una caída pública. Fue algo peor para alguien como él: la sensación de no estar a la altura de su propio estándar. Muchos jugadores, en ese punto, se aferran al pasado. Él hizo lo contrario.
Retrocedió.
Se alejó temporalmente de esas mesas. Analizó con frialdad lo ocurrido. Entendió que había confundido dos cosas: ser el mejor jugador técnico y ser el mejor jugador en cualquier entorno. Bobby’s Room exigía otra capa de habilidades, una que no se aprende solo con solver ni volumen. Esa experiencia redefinió su relación con el juego. Dejó de buscar únicamente los enfrentamientos más grandes y empezó a seleccionar mejor los contextos. Ajustó su enfoque, entendió sus límites y aceptó que incluso los genios necesitan ser derrotados para evolucionar.
No fue una derrota que lo destruyera.
Fue una derrota que lo formó.
Con el tiempo, el ruido alrededor de Timofey Kuznetsov se fue apagando.
No porque dejara de ser relevante, sino porque nunca necesitó mantenerse visible. Mientras otros construían marca, él construía respeto. Su nombre seguía apareciendo en conversaciones privadas, en foros cerrados, en charlas entre profesionales que sabían exactamente lo que significaba enfrentarlo. Jugadores de élite comenzaron a mencionarlo sin necesidad de adornos. Para muchos, Trueteller no era el más mediático, pero sí uno de los más completos. Un jugador capaz de ganar online en los niveles más altos, de sentarse en Macao contra especialistas y de entender, tras una derrota en Bobby’s Room, qué era lo que aún debía aprender. Phil Galfond, una de las mentes más respetadas del póker moderno, habló de él como alguien que comprendía el juego a una profundidad poco común. Rui Cao, conocido por su agresividad y valentía en los límites más altos, lo incluyó entre los rivales más duros que había enfrentado. Incluso figuras asociadas al estudio y la enseñanza del póker reconocieron su capacidad para adaptarse y evolucionar. Timofey nunca se proclamó el mejor. De hecho, cuando fue mencionado como número uno en rankings no oficiales, respondió con humildad, desviando el foco hacia otros jugadores a los que admiraba. Esa actitud decía tanto como sus resultados. No necesitaba validación pública; le bastaba con saber que podía competir con cualquiera.

Con los años, su relación con el póker también maduró. Dejó de ser una obsesión absoluta y pasó a ser una parte central, pero equilibrada, de su vida. El riesgo seguía ahí, porque siempre lo disfrutó, pero ahora acompañado de una comprensión más profunda de sí mismo y del juego.
Hoy, Timofey Kuznetsov ocupa un lugar particular en la historia del póker. No es un personaje de titulares constantes ni un rostro omnipresente en transmisiones. Es algo más difícil de definir y, por eso mismo, más valioso: una referencia silenciosa.
La prueba de que el talento sin adaptación no basta.
La confirmación de que incluso los genios deben caer.
Y el ejemplo de que el verdadero dominio no siempre necesita ser visto.
Porque algunos jugadores ganan dinero.
Otros ganan trofeos.
Y unos pocos, como Trueteller, ganan el respeto eterno de quienes realmente entienden el juego. ♠️








