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The Kid: La leyenda trágica de Stu Ungar

Stu Ungar

Una vez dijo:
“Algunos me llamarían un jugador patológico. Para mí, todo se reduce a la acción. La acción es más importante que el dinero. Soy un adicto a la acción. Apostaría hasta en una carrera de cucarachas.”

Las Vegas, 1997.

El aire es denso, casi sólido. 38 grados caen como martillo sobre el asfalto de Fremont Street, pero nadie se mueve. Nadie pestañea. En el escenario, montado como si fuera un circo romano, hay una caja en las manos de un hombre trajeado con dos escoltas armados. No es lo que parece. No hay papel higiénico adentro. Lo que hay son un millón de dólares en billetes de cien. El premio para el nuevo campeón del mundo. Quedan dos jugadores. Uno es John Stram, ejecutivo de casino, rostro conocido y respetado en Las Vegas. Pero el otro… el otro es el motivo por el cual están todos aquí.

Flaco como una sombra, demacrado, con una nariz colapsada por las drogas y una expresión de quien ha caminado por el infierno y volvió sin equipaje. Nadie lo dice en voz alta, pero todos lo saben: ese tipo no debería estar vivo. Mucho menos sentado en una mesa final de la World Series of Poker. Su nombre es Stu Ungar. Aunque para los viejos del circuito, simplemente es The Kid. Y lo que están a punto de presenciar es su última mano contra el destino. Pero para entender cómo llegó hasta ahí, hay que retroceder.

No unos años. Décadas. A Nueva York. A un lugar llamado Foxes Corner, en la Segunda Avenida, la cual hoy es una tienda de dulces. Pero en los años 60, era un bar de apuestas clandestinas, humo de cigarro y whisky barato. El dueño era Isidore Ungar, alias Ido, un corredor de apuestas ilegales que manejaba el barrio. Su hijo, Stu, nacido el 8 de septiembre de 1953 y un niño prodigio que tenía un coeficiente intelectual altísimo, creció viendo mafiosos, billetes doblados, y juegos en los que un error podía costarte los dientes.

De hecho, gracias a esta cualidad, adelantó hasta séptimo grado siendo aún un niño. En la primaria ya mostraba señales de genialidad. Tenía una facilidad increíble para las matemáticas, y además un talento innato para los juegos de cartas. Su favorito era el gin rummy, un juego de cartas muy popular en EE. UU. A los 8 años, vio algo que le cambió la vida: su madre jugaba cartas con amigas… y perdía. Era tan mala que las otras se burlaban de ella. Esa imagen se le clavó en la memoria como un cuchillo. Y juró que nadie se volvería a reír de su familia, asi que los 10 años ganó su primer torneo en gin rummy, y desde esa edad mostró su pasión por las apuestas y las carreras de caballos. Les pedía a adultos que apostaran por él. Su padre no estaba de acuerdo con esto, ya que no quería que se involucrara en ese mundo. Por esta razón, su relación se volvió muy complicada. A los 15, su vida dio un giro drástico. Su padre murió de un infarto, y un año después, su madre sufrió un derrame cerebral que la dejó incapacitada. Por lo tanto, Stu tuvo que encontrar una forma de mantener a su madre y a su hermana. Siendo aún adolescente, empezó a recorrer la ciudad jugando gin rummy. Stu abandonó la escuela, necesitaba dinero y lo único que sabía hacer era ganar.

Stu Ungar

Las Vegas: Bienvenido al Infierno

En ese tiempo conoció a un mafioso llamado Victor Romano, quien le ofreció protección a cambio del 20% de sus ganancias. Viajaba acompañado por guardaespaldas enviados por la mafia. Su fama creció rápidamente en Nueva York, donde humilló a todos sus rivales. Nadie podía ganarle, y por eso nadie quería jugar contra él. Definitivamente era un jugador brillante, pero tenía una mentalidad adicta al riesgo. Por esta razón, pronto se endeudó, y con personas muy peligrosas. No le quedó más remedio que huir de Nueva York. Ahí empezó su segunda vida, en “Las Vegas”, donde se instaló con Madeline, su novia, y Richie, el hijo de ella, a quien adoptó como suyo. Lo amaba. Jugaban béisbol, veían películas, vivían como una familia feliz. Richie lo llamaba “papá”. Y lo decía con orgullo y aunque Victor Romano lo protegió a cambio del 20% de sus ganancias y le pusieron guardaespaldas y una cuota, nunca le pusieron freno. Gastaba lo que ganaba. Apostaba lo que tenía. Y cuando se endeudó con gente peligrosa, no le quedó otra que escapar.

Un día de 1978, comenzó la leyenda. Jugó al póker por primera vez. Se sentó en la mesa de límite más alto de todo Las Vegas y puso 20,000 dólares sobre el paño. En 36 horas, los convirtió en 47,000, para al final terminar ganando. Una vez, el propio Ungar dijo: “Era un monstruo, como Bobby Fischer. La gente me enseñaba un juego, y dos días después ya era mejor que ellos, incluso si ellos llevaban 30 años jugándolo.” Dos años después, en 1980, con solo 24 años, jugó su primer torneo de póker en la vida, que no fue nada menos que el evento principal de la World Series of Poker. Derrotó en el mano a mano final a Doyle Brunson, quien admiraba su talento, medía menos de 1.60 m y pesaba 50 kilos. Pero su mirada podía atravesarte el alma. Lo llamaron The Kid. Y ese apodo se volvió inmortal.

Stu Ungar

Caída Libre

Ganó otra vez en 1981, y también tres veces el Amarillo Slim’s Super Bowl of Poker. En una época sin rankings ni patrocinadores, Stu Ungar era simplemente el mejor del mundo. Pero mientras se escribía esa historia, otra más oscura se cocinaba en las sombras, ya que había un ingrediente oculto en su éxito: drogas. Durante los años 70, Stu había probado sustancias para mantenerse despierto y enfocado, sobre todo después de la muerte de su madre. El problema era que no tenía control. Bajo el efecto de las drogas, insultaba a jugadores y empleados del casino. Las drogas, al principio, eran funcionales. Le ayudaban a mantenerse despierto. A concentrarse. Pero no tenía control. Se volvió adicto a la cocaína. Tenía dinero. Tenía fama. Y tenía un vacío que ninguna carta podía llenar. En 1982 nació su hija, Stephanie, su gran amor. Pero ni siquiera ella pudo rescatarlo del abismo. En 1986, su esposa lo dejó. En 1989, su hijo Richie —el niño que lo llamaba papá— se suicidó en una habitación de hotel. Ese golpe lo destruyó.
Para 1990, era una ruina ambulante. Su amigo, el profesional Billy Baxter, le prestó $10,000 para que jugara el Main Event. El primer día arrasó. Pero el segundo no apareció. Lo encontraron inconsciente en su cuarto: sobredosis. Había tocado fondo. Pero no estaba acabado.

Stu Ungar

El Último Milagro

Siete años después, 1997, sus amigos Billy Baxter y Mike Sexton le pagaron la entrada al evento principal. Stu volvió a sentarse en una mesa final de la WSOP. Como un cometa que regresa después de una eternidad. Stu estaba muy mal, se dormía durante las partidas y no tenía fuerzas. Sin embargo, con el apoyo moral de Mike y casi sin comer, logró avanzar al Día 2. El público coreaba su nombre, y asi fue ganando mano tras mano. Hizo un bluff con reina-diez y tiraron un par de nueves. Explicó su pensamiento en voz alta y la mesa entera quedó helada.
En la última mano, ambos tenían As. Pero el river trajo un dos. Escalera para The Kid. ¡Campeón del mundo por tercera vez!, con 1 millón de dólares en el bolsillo, una foto de su hija en la chaqueta, y el corazón lleno por primera vez en años, Stu Ungar parecía listo para volver.

Pero no. Hollywood habría puesto aquí los créditos. La vida no.

Cuatro meses después, ya estaba otra vez en la ruina. Apostó todo en deportes, en carreras, en drogas. En 1998, Baxter volvió a ofrecerle los 10,000. Stu le dijo que no. No podía. Estaba tan débil que no podía ni sostener las cartas.

El 22 de noviembre de ese año, encontraron su cuerpo en un motel barato de Las Vegas, en una zona infestada de droga y prostitución. La autopsia reveló cocaína, metadona e insuficiencia renal crónica. Tenía 45 años. Había ganado y perdido más de 30 millones de dólares. Pero el día de su muerte, solo tenía 100 en el bolsillo. Fue enterrado el 26 de noviembre. Amigos, colegas, rivales y fantasmas fueron a despedirlo. Todos sabían lo mismo: ese no era un jugador más. Era una fuerza de la naturaleza.

Stu Ungar no perdió contra otro jugador. Perdió contra sí mismo.
Y dejó una frase grabada en la historia. La dijo con la voz temblorosa, después de su última victoria:
“Es un hecho: nadie me ha vencido en la mesa de juego. Solo yo me he vencido a mí mismo.”

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