“Tu grandeza en el póker está en las manos que foldeas, no en las manos que juegas” ( Dan Reed)
El Error Silencioso Que Empieza Antes Del Flop
Todo empieza de forma inocente.
El jugador se sienta, abre la mesa, acomoda el stack y se promete que hoy sí va a jugar bien. No va a regalar fichas, no va a entrar en guerras innecesarias, no va a dejarse llevar. Hoy toca jugar serio.
Pero el póker no ataca de frente.
El primer error no grita. Susurra.
Una mano suited aquí.
Una broadway floja allá.
Una defensa “barata” desde la ciega pequeña.
Nada parece grave. Nada parece incorrecto. Y justamente ahí está el problema.
Porque jugar demasiadas manos no se siente como un error. Se siente como participación. Como presencia. Como estar metido en la acción. El jugador no quiere foldear veinte manos seguidas, no quiere parecer pasivo, no quiere “perderse” la mesa.
Y sin darse cuenta, empieza a construir su propia trampa.
Cada mano marginal que juega le roba un poco de posición, un poco de claridad y un poco de ventaja. Empieza a tomar decisiones con cartas que nunca debieron estar ahí. Empieza a pensar en cómo ganar el bote en lugar de preguntarse si tenía sentido entrar en él.
El póker, entonces, se vuelve incómodo.
Botes grandes con manos medias. Calls dudosos. Rivers donde pagar parece inevitable, aunque algo dentro diga que no. El jugador empieza a sentir que siempre va por detrás, que siempre tiene que adivinar, que siempre está defendiendo.
Y lo atribuye a la mala suerte.
Pero no es mala suerte.
Es exposición innecesaria.
Cada mano jugada de más es una puerta abierta al error. No porque la mano sea perdedora en sí, sino porque obliga a jugar sin ventaja. El jugador deja de elegir los spots y empieza a aceptarlos. Deja de controlar la partida y empieza a reaccionar a ella.
Aquí es donde muchos creen que el problema es el postflop. Que necesitan aprender a farolear mejor, a hacer hero calls, a leer más fino. Pero la realidad es mucho más simple y más dura de aceptar: la mayoría de esas manos ya estaban perdidas antes de ver el flop.
Las jugadoras profesionales lo entendieron hace tiempo. Vanessa Selbst lo expresó de forma brutalmente honesta en más de una ocasión: “el dinero no se gana haciendo cosas espectaculares, sino dejando de hacer cosas innecesarias”. Liv Boeree ha repetido hasta el cansancio que la disciplina preflop es lo que permite pensar con claridad cuando el bote crece. Maria Ho, conocida por su solidez, construyó gran parte de su carrera evitando exactamente este error: no regalar decisiones difíciles.

El jugador recreacional cree que foldear es perderse el juego.
El jugador que progresa entiende que foldear es elegir cuándo jugar de verdad.
Y hasta que esa idea no se asienta, ningún estudio, ningún vídeo y ninguna estrategia avanzada va a marcar la diferencia.
Jugar Siempre Incómodo Sin Saber ¿Por qué?
El jugador ya ha cometido el primer error y no lo sabe.
Juega demasiadas manos, entra en demasiados botes y, aun así, siente que “algo no encaja”. Que cuando liga, no cobra. Que cuando apuesta, le pagan justo cuando no quiere.
La razón es simple, aunque incómoda de aceptar: no entiende realmente la posición.
No porque no sepa que el botón es bueno y la ciega pequeña es mala. Eso lo sabe todo el mundo. El problema es más profundo. El jugador no siente la posición, no la respeta, no la usa como ventaja. Juega casi igual esté donde esté. Abre las mismas manos en primeras posiciones que en el botón. Defiende las ciegas como si fueran una inversión y no un impuesto. Se mete en botes desde posiciones tempranas creyendo que “si conecta algo”, ya verá qué hacer después.
Y después… nunca sabe qué hacer.
Cada calle se convierte en una adivinanza. Cada apuesta del rival parece más fuerte de lo que debería. Cada check es una rendición silenciosa. El jugador se acostumbra a jugar reaccionando, no construyendo.
La posición no da cartas mejores. Da información. Y la información es poder. El jugador en posición ve qué hace el rival antes de actuar, controla el tamaño del bote, decide cuándo presionar y cuándo frenar. El jugador fuera de posición juega a ciegas, siempre un paso por detrás, siempre intentando compensar con intuición lo que perdió al sentarse mal.
Aquí nace una de las grandes mentiras del póker recreacional: “jugué bien la mano, pero estaba fuera de posición”. No. Jugar la mano ya fue un error y no saber jugar fuera de posición fue el segundo.

Jugadoras como Maria Ho han construido carreras enteras entendiendo esto mejor que nadie. No desde la espectacularidad, sino desde el control. Desde elegir cuándo entrar en guerra y cuándo dejar que otros se equivoquen o andar con cautela con nuestro rango preflop. Liv Boeree lo ha explicado de forma muy clara en varias entrevistas: jugar en posición simplifica el póker, pero sin posición es estar en la guerra. El jugador que ignora la posición cree que el juego es injusto. Que siempre le toca decidir primero. Que los rivales “siempre la tienen”. No se da cuenta de que él mismo se colocó ahí, mano tras mano, sesión tras sesión.
Porque la posición no se pierde en una mano grande.
Se pierde en cada decisión preflop mal tomada.
Y mientras no lo entienda, seguirá sintiendo que el juego es más difícil para él que para los demás, cuando en realidad está jugando con desventaja voluntaria.
Y hay un momento en cada sesión donde el jugador ya sabe que va perdiendo la mano.
No lo piensa en términos técnicos. No calcula rangos. Simplemente lo siente.
Y aun así, paga.
No porque crea que va ganando. Paga porque quiere ver. Porque “no puede ser siempre”. Porque ya invirtió demasiado. Porque foldear duele más que perder.
El Momento Exacto En El Que Regalas El Bote
Este es el error más humano de todos. El más caro. El que no aparece en los gráficos de estudio, pero sí en la caja final de cada sesión: pagar cuando ya no hay razones reales para hacerlo. El jugador se cuenta historias para justificar el call. Que el rival puede estar faroleando. Que no mostró fuerza antes. Que “algo no cuadra”. Pero lo que en realidad no cuadra es la decisión. Porque el call no nace de la lógica, nace de la incomodidad de rendirse.
Aquí el póker deja de ser un juego de decisiones y se convierte en una negociación emocional. El jugador no quiere aceptar que la mano terminó. No quiere reconocer que el rival jugó mejor el spot. No quiere admitir que su mano bonita ya no vale nada.
Y el póker no perdona eso.
Cada call innecesario va erosionando la confianza. No de golpe, sino lentamente. El jugador empieza a sentir que “siempre pierde los botes grandes”, que “nunca le sale el hero call”, que los demás parecen adivinarle las cartas. Pero no es adivinación. Es disciplina contra curiosidad.
Jugadoras como Vanessa Selbst fueron temidas no solo por su agresividad, sino por su capacidad de poner al rival en decisiones imposibles y, al mismo tiempo, evitar las propias. Saber foldear cuando la historia no tiene sentido es una de las habilidades más difíciles de aprender, y una de las que más dinero ahorra.

El jugador recreacional ve un fold grande como una derrota.
El jugador que progresa lo ve como una inversión.
Porque cada vez que paga sin estar convencido, está confirmando un hábito peligroso: el de dejar que la emoción decida. Y cuando la emoción decide, el resultado casi siempre es el mismo.
El problema no es perder la mano.
El problema es no saber cuándo ya terminó.
Cuando Entiendes Que No Jugabas Manos, Jugabas Mal El Juego
Después de tantas manos, el jugador cree que su problema es técnico. Que necesita aprender nuevos movimientos, nuevas líneas, nuevos trucos. Cree que el póker se le escapa en detalles pequeños, en spots aislados, en decisiones concretas.
Pero el problema nunca estuvo ahí.
El jugador no estaba jugando manos.
Estaba jugando mal el juego.
Pensaba en su propia mano como si existiera en el vacío. Miraba sus cartas, evaluaba si le gustaban o no, y actuaba en consecuencia. Sin darse cuenta de que el póker moderno no se decide por lo que uno tiene, sino por lo que todos pueden tener.
Aquí es donde todo encaja.
Jugar demasiadas manos lo obligaba a entrar con rangos débiles. Ignorar la posición lo empujaba a jugar esos rangos sin información. Pagar de más era la consecuencia natural de no entender la historia completa. No eran errores separados. Eran piezas del mismo problema.
Pensar en cartas en lugar de pensar en rangos.
Cuando el jugador solo ve su mano, el rival siempre parece fuerte. Siempre parece tener “justo lo necesario”. Cada apuesta parece sospechosa, cada check parece una trampa. El jugador se convierte en espectador de la mano, no en arquitecto de la decisión.
Las jugadoras que han marcado época entendieron este cambio antes que la mayoría. Liv Boeree habló muchas veces de cómo el póker empezó a tener sentido cuando dejó de preguntarse “qué tengo yo” y empezó a preguntarse “qué representa cada acción”. Vanessa Selbst llevó esta idea al extremo, usando la presión de rango para forzar errores incluso con manos mediocres. Maria Ho, desde un enfoque más conservador, construyó su solidez entendiendo qué partes del rango del rival podía atacar y cuáles debía respetar.
El jugador recreacional cree que pensar en rangos es algo avanzado, reservado para profesionales. Pero en realidad es lo más básico de todo. Es simplemente aceptar que el rival no tiene una sola mano, sino muchas, y que cada decisión debe enfrentarse a esa realidad.
Cuando el jugador empieza a pensar así, algo cambia. Las decisiones se simplifican. Los folds duelen menos. Las apuestas tienen sentido. El juego deja de ser una sucesión de sorpresas y se convierte en una narrativa coherente.
Y entonces entiende algo fundamental: el progreso no llega cuando empiezas a ganar más manos, sino cuando dejas de cometer los mismos errores una y otra vez.
El póker no castiga la falta de talento.
Castiga la falta de conciencia.
Y el primer paso para mejorar no es estudiar más, ni jugar más horas. Es mirarse al espejo, reconocer estos errores y aceptar que el mayor rival no estaba al otro lado de la mesa, sino en la forma en que se estaba entendiendo el juego.








