“Considera tus fichas como el costo de hacer negocios, nada más y nada menos.” (Antonio Esfandiari)
Imagina la escena: un salón iluminado por focos, cámaras transmitiendo en directo, fichas amontonadas como ladrillos de oro y un hombre persa con sonrisa de prestidigitador sosteniendo dos cartas como si fueran armas. Ese hombre es Antonio Esfandiari. Pero para entender por qué está ahí, con millones en la mesa y el mundo mirando, hay que retroceder a un tiempo donde no había luces, ni cartas, ni gloria.
El Hechizo Antes Del Póker
Antonio Esfandiari nació el 8 de diciembre de 1978 en Teerán, Irán. Su verdadero nombre era Amires Fandiari, pero su destino lo llevaría a reinventarse por completo, en una época donde la palabra “libertad” era un lujo. Su padre era un empresario exitoso, un hombre con negocios, estabilidad y reputación. Pero en su corazón había algo más importante que el dinero: el futuro de sus hijos. Así que un día lo dejó todo. Vendió sueños y sacrificó poder, para cruzar medio mundo y empezar de cero en Estados Unidos. ¿La condición? No podían sacar riqueza del país. Todo quedó atrás. Casa, negocios, comodidad. Todo, por un boleto a un lugar donde la vida prometía ser mejor. Cuando paso esto, Antonio tenía solo 9 años, su familia huyó del conflicto en Irán y emigró a los Estados Unidos, estableciéndose en San José, California.

Pero el sueño americano no llega con moño. Antonio aterrizó en un país donde no entendía ni el idioma. No sabía decir “hola”. No sabía pedir un vaso de agua. Lo único que traía era su apellido, sus ganas y una diferencia que lo haría blanco fácil. Era distinto.
En la escuela, ser “el niño iraní flaco” significaba burlas y soledad. Mientras otros jugaban al fútbol, Antonio aprendía a esquivar insultos. Esa etapa lo marcó. Forjó en él algo más duro que el rechazo: hambre de demostrar que era más que un estereotipo. No era un niño que destacara por su rendimiento académico, pero sí por su habilidad para el engaño en el mejor sentido de la palabra. A los 15 años descubrió la magia y la vida le lanzó un guiño en forma de cartas. Pero no de póker… todavía. Un día, siendo mesero en un restaurante elegante de Silicon Valley llamado Burke’s, vio algo que le voló la cabeza. Un cliente hizo un truco: le pidió que pensara una carta, y cuando extendió la baraja, todas estaban boca abajo, menos la suya. Ese instante cambió su vida. No durmió esa noche. Necesitaba saber cómo se hacía. Al día siguiente, fue a una tienda llamada Magic Hut, compró el truco, y comenzó una obsesión que duraría años. Antonio no practicaba, vivía la magia. Día y noche, baraja en mano, hasta dormía con cartas. Si lo veías en la calle, en el cine o en un semáforo, siempre había un mazo entre sus dedos. La magia le dio lo que la vida le había negado: atención positiva. Pasó de ser el chico invisible al tipo que hacía sonreír a todos. se obsesionó con los trucos de cartas, aprendió a manipular objetos con destreza y comenzó a perfeccionar su arte en bares y fiestas locales.

En el restaurante, sus trucos se convirtieron en espectáculo. Cada mesa era un escenario. Los clientes dejaban mejores propinas, pedían su tarjeta para contratarlo en fiestas privadas. Empezó a ganar dinero. Por primera vez, sintió que tenía algo especial. Pero no todos estaban felices. Don, el gerente, le prohibió hacer magia. Para Antonio, era como quitarle el oxígeno. Así que ideó su propia rebelión: esperó a que llegara Burke, el dueño, y le hizo un show completo frente a todos, terminando con un truco maestro: le robó el reloj de la muñeca sin que se diera cuenta. El público explotó en aplausos. Burke, lejos de enojarse, quedó fascinado. Desde ese día, Antonio volvió a tener luz verde para hacer magia.
Pero la vida tenía otro as bajo la manga.
Cuando La Magia Conoció Al PókerSu compañero de cuarto, Scott Stewart, lo invitó un día a jugar póker. Antonio, pensando en magia, respondió: “¿Dónde?”. Scott le explicó que había salas de cartas en California. Antonio no lo creía. “Pensé que no había casinos aquí”, dijo. “No son casinos, son card rooms”, contestó Scott. Y lo llevó a Bay 101. Antonio tenía 18 o 19 años, así que usó una identificación falsa.
Esa noche, el póker lo hipnotizó más que cualquier truco. Scott, viendo su interés, le regaló un libro: Winning Low Limit Hold’em de Lee Jones. Antonio lo devoró. Y algo hizo clic en su cabeza. “Fue como la escena de Matrix cuando Neo ve el código”, recordaría. Todo tenía lógica. Todo eran patrones. Mientras los demás jugaban a ciegas, él veía el mapa.

Después de esa primera noche en Bay 101, donde entró con una identificación falsa y los ojos abiertos como un niño en Disneyland, ya no hubo vuelta atrás. Tenía apenas 18 o 19 años, y aquel lugar –con sus luces bajas, el sonido metálico de las fichas y la mezcla de humo y adrenalina– se convirtió en su nuevo escenario.
Empezó en lo más bajo: mesas de low limit hold’em, donde las ciegas eran tan pequeñas que algunos jugaban con cambio suelto. Antonio observaba todo. Miraba los gestos, escuchaba cada palabra, analizaba movimientos. Y no tardó en descubrir algo que lo golpeó como un rayo: nadie sabía jugar bien. Todos estaban ahí por diversión, por matar el tiempo, por sentirse vivos. Nadie pensaba en rangos, probabilidades ni lectura de rivales. Nadie, excepto él. Ese descubrimiento lo encendió por dentro: “Puedo ganar. Puedo ser mejor que todos estos tipos”.
La obsesión que antes tenía con la magia se trasladó al póker con la misma intensidad. Terminaba su turno en Burke’s, con los dedos oliendo a ajo y mantequilla, y en vez de ir a casa, manejaba directo al casino. El uniforme de mesero se convertía en armadura para las mesas. Cada dólar que caía en su charola no era una propina… era una ficha en potencia. Guardaba todo, con un objetivo claro: construir un bankroll. Burke’s se convirtió en su patrocinador involuntario.
Durante el día, seguía sacando sonrisas con trucos de cartas. Durante la noche, aprendía a arrancarles las fichas a desconocidos. Así vivió meses enteros, entre platos sucios y bad beats, entre shows privados y lecturas perfectas. Hasta que un día sintió que las paredes de Bay 101 le quedaban pequeñas.
Era hora de ir a la meca: Las Vegas.
“Buena suerte, hijo”
Antonio viajó con un bankroll modesto y una maleta llena de sueños. La primera vez que pisó la sala de la World Series of Poker, sintió que había entrado en una dimensión distinta. Filas interminables de mesas, fichas apiladas como rascacielos, y nombres que hasta entonces solo había visto en portadas de revistas: Doyle Brunson con su sombrero vaquero, Phil Hellmuth entrando como una estrella de rock, Daniel Negreanu saludando a todos con una sonrisa.
Para un chico iraní que hasta hace poco trabajaba de mesero, aquello era el paraíso. No entró a los eventos grandes –no había dinero para eso–, pero jugó satélites, torneos pequeños y absorbió conocimiento como una esponja. Caminaba por los pasillos solo para escuchar conversaciones entre pros, para entender su mentalidad.
Y en medio de esa búsqueda conoció a varios jugadores que ya estaban establecidos. Algunos lo ignoraron, otros le dieron consejos, pero hubo uno que lo marcó para siempre: Doyle Brunson. Antonio se le acercó como un fan y le pidió que le firmara su copia de Super System. Doyle sonrió, le estampó la firma y le dijo: “Buena suerte, hijo”. Ese momento fue como un bautismo en fuego.

Años Antonio tendría la oportunidad de jugar en la misma mesa que Doyle Brunson, gracias al evento “High Stakes Poker” en partidas de cash game televisadas con ciegas altísimas ($300/$600, a veces más).
Volvió a California con la mente en llamas. Se sentía más preparado, más confiado… y más hambriento que nunca. Empezó a jugar más en serio, no solo low stakes, sino límites medios, tanto en cash como en torneos. Su disciplina –alimentada por esas horas practicando magia– se trasladó al póker. Analizaba cada mano, cada decisión, cada error. Y el dinero empezó a crecer.
Cuando cumplió 23 o 24 años, ya tenía algo que jamás había imaginado cuando llegó a EE.UU. sin saber inglés: una banca sólida de $60,000 dólares. Ese era su orgullo. Su tesoro. El fruto de miles de manos, noches sin dormir, y una fe inquebrantable en que podía ganarse la vida con esto. Y con ese bankroll, tomó una decisión que cambiaría todo: dejar el restaurante, colgar el mandil para siempre y dedicarse al póker a tiempo completo.
2004
No tardó en hacer ruido. A los 25 años, el mundo del póker escuchó su nombre. Fue en el WPT L.A. Poker Classic. Premio: 1.4 millones de dólares. Pero detrás de esa foto con el trofeo hay una historia que casi lo deja fuera. La noche antes del torneo, Antonio tenía un bankroll de $60K. Decidió jugar cash. Perdió $30K en una sola sesión. La mitad de su bankroll en una noche. Podía retirarse, lamerse las heridas y seguir siendo un grinder… o entrar al torneo con lo último que tenía. Eligió lo segundo. Pagó $10K, se sentó, y cinco días después… era millonario.

¿Lo primero que hizo? Invitar a todos sus amigos a L.A., fiesta épica, y luego manejar de vuelta a San José para sorprender a su padre. Antonio apareció con una bolsa llena de dinero. El sacrificio de aquel hombre que lo sacó de Irán había valido la pena.
Después, vino el derroche: un Dodge Viper, su coche soñado. Lo tuvo dos semanas. En una cita, quiso impresionar. Resultado: accidente en el peor barrio de San Francisco, tres autos involucrados, gente intentando extorsionarlo… y policías encubiertos que lo rescataron. Sí, esa era la vida de Antonio: un show continuo.Pero nada se compararía a 2012. Las Vegas. El torneo más caro de la historia: The Big One for One Drop, con un buy-in de un millón de dólares. Antonio iba a ser comentarista, no jugador. Hasta que un amigo le dijo: “Quiero comprar una parte tuya si entras”. Ese mensaje cambió todo. Esfandiari empezó a vender acción. En horas, estaba dentro. De hecho, vendió de más y tuvo que recomprar un par de puntos. ¿Presión? Cualquiera se habría derrumbado. Antonio no. Él tenía un mantra: “Voy a ganar”. Lo sentía. Lo vivía. Y lo hizo. Levantó el brazalete, sonrió a las cámaras, y se llevó 18.3 millones de dólares. Récord histórico en ese momento. El póker tenía un nuevo rey… y un nuevo mito.

¿Fue su momento más feliz? No del todo. Antonio siempre lo dijo: su primer WPT significó más. Porque pasar de cero a tener algo no se compara con multiplicar lo que ya tienes. El One Drop cambió su vida, sí. Le dio estabilidad para siempre. Pero el niño que soñaba con ser alguien… ya lo había logrado años antes.
Actualidad
Después, las cámaras lo siguieron. Apareció en películas como Runner, Runner… donde, por cierto, conoció a su esposa. Hoy, Antonio es padre de tres: un niño de ocho, otro de cinco, y una niña de apenas un año. Vive en modo zen, alejado de la locura de los torneos. “Diseñé mi vida para vivirla como quiero”, dice. Sus días son llevar a los niños a la escuela, hacer barbacoas en el patio y montar bicicleta en la playa. ¿Extraña las mesas? Ni un segundo. “Me encanta todo lo que conlleva ser padre. Incluso lo difícil”.
Claro, el mago sigue teniendo trucos bajo la manga. Como cuando apostó medio millón con Bill Perkins a no eyacular durante un año. Duró nueve meses. Pagó $25K para salir de la apuesta. O cuando aceptó pelear contra Kevin Hart en un ring, con cuotas de 35 a 1. Antonio entrenó siete meses, sin una gota de alcohol, con un medallista olímpico. Resultado: ganó la pelea… y 350 mil dólares.
Así es Antonio: impredecible, intenso, imposible de encasillar.

“Las fichas son solo herramientas, el dinero solo un marcador. El verdadero juego trata de coraje: el coraje de ponerlo todo en la línea cuando crees que tienes la ventaja, incluso cuando el mundo piensa que estás loco.” (Antonio Esfandiari)
Hoy mira el póker actual y siente nostalgia. “Antes era diversión. Conversaciones, risas, historias. Hoy es robótico. Gente moviendo fichas como máquinas, sin emoción”. Él nunca fue así. Antonio jugaba para ganar… y para vivir. Porque en el fondo, sigue siendo el mismo niño iraní flaco que solo quería algo: atención positiva. Y vaya que la consiguió.








